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En la Maleta Chontalcoatlan

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De los recuerdos de un viajero solitario


A la conquista del Chontalcoatlan

Por Antonio Herrera

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Viernes, la noche comienza a caer, llego al punto de reunión y soy el primero, yo llevo mi mochila, chaleco, lámpara y víveres acomodados, traigo puesta la ropa que más cómoda resulta para este tipo de recorridos, shorts, zapatos tenis (de preferencia viejos), playera ligera y encima un pants, sólo mientras llegamos a nuestro destino.

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Ésta es la sexta ocasión que realizo esta travesía a lo largo de casi quince años y me sigue poniendo nervioso, la sensación ha evolucionado conforme ha transcurrido el tiempo, definitivamente ya no soy el mismo, la misma dinámica de la actividad ha cambiado y aunque muchos dicen que ya debería recorrer la ruta que representa un reto mayor, no puedo pasar por alto el hecho que, una vez más, van personas totalmente nuevas en este tipo de actividades. Este año hay una diferencia muy grande que hace que me ponga aún más nervioso, este año seré el líder de la expedición y el más experimentado del grupo.

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Ya todos reunidos y con el equipo guardado emprendemos el camino, cruzar la ciudad de México hacia el sur, tomar la autopista que lleva a Cuernavaca hasta donde comienza la Autopista del Sol y tomar la desviación a Taxco, ahí los señalamientos nos guían hacia Amacuzac, justo en los límites del estado de Morelos y Guerrero, la ‘tierra de amates’ que no niega el origen de su nombre mostrando estos árboles de color peculiar por toda la orilla de la sinuosa carretera que lleva a las grutas de Cacahuamilpa. En este punto es donde comienzan los cambios, este año encontramos que una comitiva de protección civil nos da la bienvenida solicitando que nos registremos, portemos nuestros cascos y contratemos el servicio que nos lleve a la orilla de la carretera, ahí donde comienza nuestra caminata. Para entonces ya debemos tener puesta solo la ropa con que entraremos a la caverna, una identificación debidamente guardada –dentro de un tenis es lo más recomendable- y algo de monedas para pagar la cuota del ejido que hay que cruzar para llegar a la gruta.

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Son casi las 2 am y apenas estamos comenzando a caminar, la noche es cálida, todos estamos emocionados por recorrer ese río subterráneo tan lleno de historias, anécdotas y mitos de todos los niveles, creo que es la primera vez que voy con un grupo tan pequeño, somos sólo cinco, dos mujeres y tres hombres, todos bromeando sobre nuestros aspectos con los chalecos, cascos y lámparas de minero, para Kat, Fernando y Adrián es la primera vez, Fadua ya vino en otra ocasión y siendo francos, es como si también fuera su primer visita, el cielo nos regala una vista increíblemente estrellada y el silencio que predomina en nuestro entorno resulta por momentos abrumador, de los sembradíos debemos pasar al paisaje rocoso con ramas de árboles y hierba por doquier, hay que comenzar a subir por un buen rato y después realizar el correspondiente descenso siguiendo las marcas y flechas que han ido dejando en el lugar para evitar los extravíos, llevamos cerca de dos horas caminando cuando llegamos a nuestra primer parada, en este punto el paisaje es totalmente formado por rocas y arboles, ya no hay áreas con hierba o tierra y un cable de acero aparece en nuestro camino, sirve de guía, más sabemos que no es un apoyo del todo confiable para realizar el último tramo del descenso. Uno a uno vamos bajando por la roca hasta alcanzar la escalera de fierro que alguien ancló a la pared de roca sabrá Dios hace cuanto tiempo, conforme uno va reportando su avance por la escalera el siguiente se va preparando para comenzar a bajar, soy el cuarto en realizar este tramo, mi acrofobia me hace dudar, mis manos sudan y mis rodillas anuncian debilidad, aquí ya no hay bromas, voy solo inmerso en mis pensamientos y en la concentración que se requiere, estoy a punto de flaquear en mi intento cuando la voz de Adrián me hace recordar abruptamente que hay gente esperando por mi y que debo cumplir un objetivo, su pregunta me hace avanzar a la terraza que precede a la escalera para avisarle que ya puede comenzar a bajar, una vez alcanzado este punto es un poco más sencillo, sin embargo, la altura es bastante considerable, uno de los errores que cometí en el pasado fue haber hecho este recorrido de día, cuando la profundidad es totalmente visible, al menos de noche la visión no impone, sólo el recuerdo que yo mismo generé.

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El Chontalcoatlán es uno de los dos ríos subterráneos que recorren estas cavernas que corren por debajo de las grutas de Cacahuamilpa, se alimentan principalmente del deshielo que se filtra por las montañas, este río es de una dificultad propia para aventureros novatos, el otro río es el san Jerónimo, son el Chonta y Sanje para los amigos, el primero consta de siete kilómetros de caverna y el segundo de doce, además de exigir bastante más dominio de técnicas de nado tanto en superficie como bajo el agua, cuenta con remolinos y tramos con corrientes más fuertes, el Chonta es mucho más amigable al ser mas caminado que nadado.

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Una vez dentro de la caverna olvido por completo el cansancio acumulado hasta el momento, vuelve la emoción y regresa la conversación jocosa junto con las explicaciones y consideraciones que deben tomar en cuenta durante la nueva parte del recorrido, la caverna nunca llega a ser estrecha, cuenta con formaciones rocosas propias de la erosión de la roca, son visible estalactitas por todos lados y las sales acumuladas en las paredes dan brillos inesperados e invaluables, algo que difícilmente podríamos ver fuera de aquí, es algo que me nutre cada vez que lo visito, la caminata al principio es sencilla, hay arena, algo de agua y rocas relativamente uniformes, el sonido del agua corriendo resulta confortante y no hemos sumergido mas allá de las rodillas en el agua, corre un ligero y frío viento a lo largo de la gruta, el agua está considerablemente fría pero los bríos del grupo están en lo más alto, finalmente hemos llegado al Chonta.

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Tras cuatro horas de caminata y algunos tramos donde es inevitable tener que nadar, llegamos a una chimenea natural que se ha formado tras un derrumbe del techo de la cueva, la Claraboya, aquí podemos ver que ya tiene rato que amaneció, es el momento para hacer una parada, tomar fotos, secarnos un poco, descansar y comer algo para recobrar fuerzas. Aquí salen los comentarios que no se dijeron durante la caminata, volvemos a reír de los tropiezos, caídas y gritos que el agua fría ocasionó pero es que nunca es sencillo sumergirse por completo en el agua helada, no podemos permanecer mucho tiempo parados y aunque en este punto es posible salir de la caverna, no es el objetivo que buscamos, debemos seguir adelante, ya les he dicho que la segunda parte del río, aunque más corta, resulta más cansada al tener que nadar por más tramos y cada vez más largos, el ánimo no decae y una vez guardadas las cosas y selladas las bolsas de las cámaras y pilas de repuesto, volvemos a caminar.

Son tres horas más de recorrido antes de volver a ver la luz del día, para entonces ya es lo único que ocupa mi mente, no hay más objetivo que encontrar la salida, de pronto la desesperación anuncia su llegada pero saber que ya hemos recorrido la mayor parte del río hace que la cordura vuelva al ánimo general, finalmente la salida se hace visible en un finísimo hilo de luz que brinda paz y coraje, aún no está cerca el exterior pero al menos es posible visualizar la siguiente meta con más claridad que todo el resto de la cueva, además, se que llegando ahí será necesario sumergirnos de nuevo en el agua pero esta vez, al menos estará cálida por la presencia de rayos solares.

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Aquí se vuelven a encontrar el Chonta y el Sanje, ambas bocas de cavernas se miran casi de frente y dan origen a un río de superficie que lleva el mismo nombre del pueblo que cruza antes de desembocar al Balsas, es el Amacuzac el río que alguna vez recorrimos en balsas hechas de cámaras de llantas pero esa historia la platicaré en otra ocasión, ahora es prioridad disfrutar la vista, evitar las zonas de agua estancada, buscar un islote para sentir el calor del sol en la piel y tomar aire para el último y gran esfuerzo antes de culminar la aventura del fin de semana, subir los más de cien escalones hasta el estacionamiento de las grutas de Cacahuamilpa donde nos esperan el auto con nuestra ropa seca y los locales de comida caliente para este apetito de náufragos.

Esta aventura…. Aún no termina

Huidas por México te lleva a lo mejor de México,

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